Los orígenes de la
identidad nacional española en Andalucía

Los
andaluces no nos podemos olvidar que el hecho identitario español
nos fue impuesto a base de sangre, cruz y espada, y nuestra
resistencia castigada con el exterminio o el exilio.
Más atrás
del siglo XIX España es un verdadero invento. Nunca
hubo unidad política ni militar, ni lingüística, ni
cultural, solo mentiras y más mentiras que la historia
oficial y las leyendas populares trataban de
homogeneizar y usaban como excusa que justificara la
expansión del poder de los reinos cristianos. Y como
muestra un botón; la leyenda de Santiago Matamoros.
Durante siglos los "españoles" cristianos de
la península creyeron a pies puntillas en que el mismísimo
cielo había enviado a uno de sus hijos predilectos para
contribuir a la unidad de España y la expulsión de los
infieles andalusís. Resulta altamente curiosa, la
transformación que se produce sobre el Apóstol
Santiago. De ser un enviado para predicar la paz y
concordia evangélica a montar sobre blanco corcel desde
el que ulva blandiendo su demoledora espada contra el
infiel musulmán. El cambio de este Santiago Apóstol a
Santiago Matamoros se produce en Clavijo, legendaria
batalla de 834, ganada por Ramiro I a las huestes de
Abderramán II y que seguramente nunca se produjo. La
aparición de Santiago al Rey, su participación en la
batalla a lomos de blanco corcel y la liberación del
tributo de las cien doncellas, son de los más bellos
episodios de la historia mágica de España.
Afortunadamente en Andalucía este mensaje no tuvo mucho
éxito, a la vista de los acontecimientos posteriores.
Pero la leyenda no se quedó ahí, del Santiago
matamoros pasamos al Santiago mataindios, y no son pocos
los relatos que nos hablan de la presencia del apóstol
en los combates de los conquistadores en tierras
americanas. Del mito que une a los cristianos de la península
en torno a una causa común, pasamos al uso de ese mismo
mito para justificar la política imperialista de España
allende los mares. Creado el mito, se le da uso hasta
que no valga. Lo paradójico del tema es que son ahora
los nacionalistas españoles más furibundos los que
acusan a otros nacionalistas de defender su identidad
nacional a base de mitos, como si la historia de España
no tuviese ninguno.
Pues así con todo. La identidad nacional española se
ha construido sobre una continuada sarta de mentiras y
manipulaciones que han tratado, y tratan, de crear una
homogeneidad nacional donde solo había, y hay,
diferencias y heterogeneidad. Cuando esto se ha podio
hacer sutilmente, sin necesidad de usar la violencia, se
ha hecho, cuando ha hecho falta usar la violencia, también
se ha hecho. La Inquisición española se fundó con
aprobación papal en 1478, a propuesta del rey Fernando
V y la reina Isabel I. Esta Inquisición se iba a ocupar
del problema de los llamados marranos, los judíos que
por coerción o por presión social se habían
convertido al cristianismo; después de 1502 centró su
atención en los conversos del mismo tipo del Islam, y
en la década de 1520 a los sospechosos de apoyar las
tesis del protestantismo. A los pocos años de la
fundación de la Inquisición, el papado renunció en la
práctica a su supervisión en favor de los soberanos
españoles. De esta forma la Inquisición española se
convirtió en un instrumento en manos del Estado más
que de la Iglesia, aunque los eclesiásticos, y de forma
destacada los dominicos, actuaran siempre como sus
funcionarios. La inquisición española fue un arma
efectiva en la creación de una identidad común entre
los ciudadanos "españoles", una amenaza
constante para todo aquel que intentara pensar, sentir,
o simplemente ser diferente a lo impuesto por las
instituciones oficiales del estado.
En nombre de la inquisición no sólo se imponía
paulatinamente una identidad común al global de los
ciudadanos del Estado, si no que se borraba de un
plumazo una buena parte de la historia escrita de los
territorios conquistados. En Andalucía, por ejemplo,
fueron quemados todos aquellos libros y manuscritos
escritos en árabe. Filosofía, política, historia,
cultura, medicina, gastronomía, nada se salvó de la
quema. Salvo aquellos libros que pudieron ser rescatados
antes de su huida por los antiguos habitantes del Al-Andalus,
pocos fueron los textos que lograron sobrevivir a la
barbarie española. Ocho siglos de nuestra historia
borrados de un plumazo con el más cruel de los métodos:
el desprecio. Todo para que nada de lo que en ellos
hubiera pudiera comprometer en un futuro la legitimidad
de la conquista española sobre nuestra nación, ni
poner en entre dicho la veracidad de la historia y los
mitos escritos por los vencedores. Andalucía no debía
tener más pasado que el comenzado en 1492 con su
conquista.
No hay más historia que la escrita por los vencedores y
no hay más verdad que la que ellos han querido
contarnos. La inquisición nos dejó a los andaluces sin
lengua propia y sin memoria, silenció nuestras almas
revolucionarias y acabó con nuestros deseos
separatistas. Todo lo andalusí fue perseguido, y en
nombre de la Santa España hubimos de renunciar a buena
parte de nuestra cultura y nuestra propia identidad. A
cambio nos dieron una identidad vacía de contenido,
sustentada sobre la sangre y la espada, y anclada en
falsos mitos homogeneizadores como el de Santiago y su
blanco caballo. El resplandor del fuego inquisidor
silenció nuestras conciencias mientras generación tras
generación las llenaba de mentiras hipócritas que venían
a sustituir el recuerdo de nuestro propio pasado por la
sumisión a nuestra nueva posición de subdesarrollo y
dependencia.
Desde 1492 la península ibérica tiene oficialmente una
lengua (castellano, no catalán, gallego, aragonés,
andalusí, etc.), una religión (catolicismo, no judaísmo,
ni islam) y un Rey (de todo el país, no de una región):
España tiene ahora "Un monarca, un imperio y una
espada.". Pero la realidad es que todavía persistían
las grandes diferencias regionales, nacionales,
religiosas y lingüísticas: diferencias que continúan
hasta hoy en día y que son la base del nacionalismo que
tanto molesta a los no menos nacionalistas españoles de
la actualidad.
La identidad de España se ha edificado sobre mitos y
mentiras, y esto es algo demasiado frágil como para
unir a un pueblo entero bajo una misma razón de ser,
pero, lo que es aun peor, la identidad española se ha
cimentado sobre la sangre y la espada, y esto es algo
que los diferentes pueblos no pueden olvidar tan fácilmente.
De ahí que sigan luchando con tanta fuerza como en
cualquiera de los tiempos pasado e incluso más.
La Inquisición quedó al fin suprimida en España en
1843, tras un primer intento, fallido, de los liberales
en las Cortes de Cádiz, en 1812, pero desde su creación
hasta entonces, tuvo tiempo suficiente como para asentar
en la mentalidad de millones de ciudadanos "españoles"
en general, y de los andaluces en particular, la idea de
una España unida en torno a sus raíces cristianas, y
unificada bajo una misma nación salvaguardiana de sus
intereses personales. Más de tres siglos donde
revelarse contra la idea de la gran España se pagaba
con la muerte, igual que poco menos de un siglo después
volviera a ocurrir con la dictadura Franquista. Más de
tres siglos en el que los ciudadanos del estado español
tuvieron que aceptar sin rechistar los mitos y las
leyendas que desde el poder se difundían para
justificar sus acciones. Más de tres siglos en que los
andaluces y andaluzas fueron progresivamente olvidándose
de su pasado para caer en las crueles garras de la
identidad española que los había llevado desde la
cultura hasta el analfabetismo, desde la prosperidad a
la más cruel de las explotaciones.
Pocos son ahora los historiadores oficiales que hablan
de la influencia de la "santa" inquisición en
la creación de la identidad española, en la imposición
de sus valores frente a los valores autóctonos de los
diferentes pueblos de la península. Pero los andaluces
no nos podemos olvidar que si hoy somos lo que somos, si
estamos como estamos, que si una amplia mayoría de
nuestra población se siente ahora plenamente española,
no es principalmente porque nosotros lo hubiéramos
elegido o aceptado de buena voluntad en el pasado, si no
porque tal hecho identitario nos fue impuesto a base de
sangre, cruz y espada, y nuestra resistencia castigada
con el exterminio o el exilio. Si en alguna parte del
estado la inquisición jugó un papel fundamental en la
consolidación social de la identidad nacional española,
esa fue Andalucía. Por eso ahora muchos se empeñan en
ver en Andalucía la esencia de España, el más español
de los territorios españoles. Pero sólo desde la más
profunda ignorancia histórica se puede defender este
hecho. Si otros territorios del Estado hubieran sufrido
durante estos últimos 500 años la persecución
cultural e identitaria que sufrió Andalucía desde el
mismo día en que los ejercitos españoles terminaron el
proceso de su conquista, probablemente hoy ni tendrían
identidad nacional propia. Que, evidentemente, no es el
caso de Andalucía.
Pedro Honrubia
08 Mayo 09
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