|
Índice
» Historia

Conocer lo que fuimos
y lo que somos exige profundizar en nuestra Historia, y siendo conscientes
de que pocas cosas existen tan manipuladas y falseadas como ella, hemos
creído necesario aportar los presentes apuntes básicos para una historia
nacional de Andalucía, y que son producto del estudio, la reflexión y el
debate colectivo de un grupo de militantes y simpatizantes de NACIÓN
ANDALUZA; apuntes que recogen los acontecimientos más destacados y
fundamentales del pasado de nuestro Pueblo y que desde una visión
radicalmente andaluza refutan la historia oficial, y que modestamente
pretenden incitar al conocimiento y la investigación de la identidad
andaluza.
«La identidad de un
pueblo no la constituyen por separado ni su presente ni su pasado, sino la
interrelación de ambos en una proyección hacía el futuro».
ANDALUCÍA.
PRESENTACIÓN GENERAL.

Andalucía es un país
con una superficie total de más de 87.000 Km2 y cuenta con una población
aproximada de 7 millones de habitantes, encontrándose ubicada en la zona
más meridional de la Península Ibérica. Es dentro de ésta, un área
periférica especifica con claras diferencias geográficas de todo tipo
con la Meseta y la Iberia húmeda. Se abre al Atlántico por el sudoeste y
la baña el Mediterráneo al sur.
Andalucía es el
modelo más significativo de país mediterráneo cuya más característica
frontera ecológica, humana, cultural, etc., se halla en Despeñaperros.
El Pueblo Andaluz
posee una personalidad muy acusada que le distingue claramente de todos su
vecinos y en cuanto a forma de expresión idiomática utiliza la que se
viene denominando habla andaluza.
Unos rasgos demográficos
comunes (paro, emigración, analfabetismo, composición de la población
activa...) y una economía dependiente le marcan en la actualidad como área
fuertemente deprimida.
Andalucía está
dividida administrativamente y de forma artificial en ocho provincias que
conforman la denominada Comunidad Autónoma Andaluza, bajo dominación del
estado opresor español.
En base a estudios
realizados por las ciencias auxiliares de la Historia, se conoce que los
primeros poblamientos de que se tienen noticias en Andalucía datan del
Paleolítico. Los últimos estudios señalan que los restos humanos
hallados en Orce (Granada) tienen una antigüedad aproximada de un millón
de años y pertenecen, por tanto, a los de los primeros pobladores del
continente europeo.
Alrededor del 30000
a.d.e. aparece el Homo Sapiens conocido como Cromagnón.

De esta fase prehistórica
se pueden considerar la pinturas rupestres de la Cueva de la Pileta (Málaga),
muy diferentes a las localizadas en el norte de la Península y Europa.
Pero es en el Neolítico,
alrededor del 3000 a.d.e cuando aparecen ya más claros elementos
socioculturales.
En este período se
origina en Andalucía, concretamente en el Valle del Guadalquivir, la
denominada Cultura del Vaso Campaniforme, que posteriormente se expandirá
por toda Europa.
Gran importancia
tiene la Cultura de los Sepulcros Cupuliformes. Ejemplos de ella, por solo
citar algunos son los de Los Millares (Almería), Cueva de la Pastora
(Sevilla), Cueva de Menga (Málaga), o los de la Cueva de los Murciélagos
(Granada). Este tipo de construcciones, producto de un gran esfuerzo
colectivo, denota ya una fuerte organización social.
Cabe citar también
la peculiaridad de la cultura del Argar (Almería). Algunos de sus
elementos más característicos son: poblados de trazados no circulares y
gran especialización de las actividades económicas.
Todo el largo proceso
evolutivo en las culturas prehistóricas andaluzas culminará con
Tartessos allá por el 1200 a.d.e.
Tartessos fue el
primer organismo socio-político que supo aglutinar en forma de Estado
antiguo a todas las formaciones históricas de Andalucía, en la primera
demarcación política y social común dentro de un mismo espacio geográfico.
Tartessos era un ente
a nivel geo-político perfectamente definido, en el que existía un Estado
como organización social y de poder, con forma de Monarquía, con una
gran proyección económica en todo el Mediterráneo.
Se puede considerar
como el más antiguo Estado del Occidente pre-romano con una sociedad
fuertemente organizada y con un gran desarrollo económico y cultural.
Durante largo tiempo
fueron múltiples los lazos (no exentos de contradicciones y crisis) que
este primer estado independiente de la Andalucía antigua mantuvo con los
diversos pueblos del área mediterránea: fenicios, focenses, cretenses,
etc. De la importante civilización tartésica dan fe los yacimientos
arqueológicos de Mesa de Asta (Jerez), los del Cerro del Carambolo
(Sevilla), Cabezo de la Joya (Huelva), etc., y las numerosas referencias
en escritos de los antiguos griegos y romanos.
Tartessos estuvo
abierto indudablemente a influencias orientalizantes pero supo adaptarlas
sabiamente a su propia idiosincrasia.
Se puede afirmar que
Andalucía, tanto en su prehistoria como en su proto-historia, mantiene
una personalidad propia específica que la diferencia tanto de las
culturas y pueblos del norte de África y Oriente Próximo, como del resto
de la Península Ibérica y Europa.
La victoria
definitiva en la Batalla de Alalia (Córcega), allá por el 535 a.d.e., de
la alianza púnica-etrusca sobre el poderío focense, con el cual estaba
alineado de alguna forma Tartessos, y que convertirá a Cartago en dueño
absoluto del Mediterráneo Occidental, estrecho y parte del Atlántico,
afectará directa y gravemente al proceso histórico tartésico que con
las continuas agresiones cartaginesas contra Tartesos originarían el
declive y descomposición de su estructura estatal, quedando las diversas
comunidades desprotegidas ante los agresores.
Cartagineses y
romanos mantuvieron durante decenios cruentas contiendas por tratar de
hacerse con el dominio del área mediterránea y sus recursos naturales.
A raíz de la primera
guerra púnica, allá por el 241 a.d.e. los cartagineses pierden el
control sobre sus principales posiciones en el Mediterráneo y Turdetania
(la Andalucía de la época) después de sufrir por espacio de más de dos
siglos y medio el yugo cartaginés, aprovecha para sublevarse.
En el 237 a.d.e. para
sofocar la revuelta desembarca en Cádiz el propio Almicar Barca y con sus
poderosas tropas vence a los insurgentes que eran apoyados por fuerzas
mercenarias celtíberas. No obstante todavía en el 216 a.d.e. se seguirían
produciendo algunos levantamientos y sublevaciones de los pueblos
turdetanos.
Allá por el 206
a.d.e., tras la Batalla de Ilipa, se produce un nuevo proceso colonizador.
Las tropas romanas al mando de Escipión conquistan un ansiado objetivo:
Turdetania, que pasa a convertirse por la fuerza de las armas en provincia
romana.
Los primeros intentos
de los pueblos turdetanos por intentar liberarse de la dominación romana
fueron reprimidos duramente por importantes contingentes militares.
No obstante, con tal
de pacificar definitivamente la zona cuanto antes y al menor costo
posible, la metrópoli llega a un pacto con los pueblos y ciudades de la Bética,
concediéndoles cierta autonomía.
Las ciudades costeras
que aparecen en el mapa desde Cádiz hacia el este eran colonias fenicias
Pero estas pseudo-libertades
concedidas a los andaluces de la Bética cuando interesó a la metrópoli
romana no eran sino autodefensas de que se servía el Estado romano para
no poner en peligro las inmensas riquezas que le aportaba su colonia y con
ello, asegurar la continuidad de su imperio.
Y es aprovechando
aquella autonomía pactada, que la esencia fundamental de la identidad autóctona
no pudo ser destruida; y aunque tuvo que utilizar instrumentos de expresión
impuestos por el extranjero, los andaluces de la Bética desarrollaron
formas culturales de suma importancia, pudiéndose afirmar que la Bética
fue la más importante potencia cultural del ámbito civilizatorio romano
occidental.
Desde la Bética
hasta Al-Andalus hay un intervalo de tres siglos marcado por la crisis del
Sistema romano y la presencia epigonal visigoda. Es este un periódo de
estancamiento y oscuridad que prepara la transición revolucionaria a un
nuevo estado civilizatorio.
A partir del 410, los
pueblos germánicos (destructores de gran parte de la cultura mediterránea
de la época) invaden la península Ibérica, llevando a cabo en el 412 un
reparto de territorio. Los vándalos silingos ocupan la Bética. Quince años
más tarde los visigodos hacen su aparición en ella en nombre del Imperio
para expulsar del territorio andaluz a los vándalos. Tras acabar con los
asentamientos de éstos, después de terribles matanzas, se impuso momentáneamente
la pacificación. Esta dura muy poco. Tres años más tarde hacen su
aparición en la Bética distintos pueblos germánicos. Le siguen años de
continuas escaramuzas entre las diversas fuerzas foráneas sembrando de
dolor y sangre las comunidades andaluzas.
A partir de la
segunda mitad del siglo V se abre un periodo de cierta independencia para
las ciudades turdetanas romanizadas. Este periodo estuvo marcado no
obstante por el manifiesto interés de la monarquía visigoda en
someterlas a su dominio.
Los godos aumentarán
su presión a partir del año 543, pero las ciudades andaluzas se
mantuvieron en una rebeldía continua por su independencia y libertad,
manteniendo relaciones con Bizancio, el otro eje de la mediterraneidad. El
territorio andaluz sólo será dominado, aunque en precario, a partir del
570, coincidiendo con una mayor centralización del poder godo.
Con la proclamación
en el 710 del duque Rodroric o don Rodrigo (partidario de la ortodoxia
cristiana trinitaria) como rey del Imperio visigodo con sede en Toledo, se
desata la guerra en todas las provincias que se encontraban bajo su
dominio. La antigua Turdetania, al igual que otras comunidades aprovechan
el momento para sublevarse.
El arzobispo unitario
y administrador de Sevilla, don Opas, enemigo de la política centralista
y teocrática de la nobleza goda, junto a los seguidores del partido de
Vitiza, refugiados en la provincia de Tingitania (Marruecos rifeño) y
junto a Taric, gobernador de ésta y partidario también del unitarismo,
forman un frente común para apoyar el proceso revolucionario contra las
fuerzas de don Rodrigo. Esto, sumado a otras cuestiones, iba a suponer el
inicio del fin del Imperio visigodo, la desmembración de Imperio godo
trinitario.
Resumiendo: los
continuos conflictos políticos entre partidarios cristianos trinitarios y
unitarios daría la victoria definitiva a estos últimos, provocando una
reacción económica, social, política y psicológica, que iba a suponer
todo un vuelco ideológico en territorio andaluz.
Y es a partir de esta
nueva coyuntura que la sociedad andaluza de la época, después de un
largo y complejísimo proceso de transición (donde las luchas por la
sucesión y administración en los gobiernos tras la victoria sobre los
trinitarios fue una constante) optaría por la civililzación islámica
que se hallaba en pleno apogeo y expansión (expansión que se lleva a
cabo en un mundo en crisis, y a expensas de unas sociedades debilitadas e
insertas en un época de grandes transformaciones), y todo ello frente a
una civilización cristiana occidental que nada le aportaba.
Eso que la historia
oficial española ha venido y viene denominando «invasión árabe» no es
más que cínica falacia; una patraña para justificar la agresión contra
nuestro Pueblo; no es más que un burdo montaje que no se sostiene mínimante
ante cualquier estudio histórico serio.
Aquí no hubo
conquista «mora» alguna, sino revolución cultural e ideológica.
Fue relativamente
dilatado y complejo todo el fenómeno que produce una expresión
administrativa autóctona dentro del marco ideológico unitario antes de
la instauración del denominado Emirato allá por el año 756 con Abd-al-Rahman
I.
El primer período de
gobierno andalusí de Abd-al-Rahman I fue fundamentalmente de coordinación,
organización y sedimentación de la revolución unitaria, sin no pocos
contratiempos y luchas.
La arabización en
las formas culturales llegaría con posterioridad a la revolución
unitaria. No se puede hablar de arabización hasta el emirato de Abd al-Rahman
II, a partir del año 822; ni de sincretismo islámico hasta el Califato
en el año 929.
Con la dinastía
andalusí de los Omeya, en Al-Andalus se alcanzan las más altas cotas en
las ciencias, la filosofía, las artes y la técnica; y todo ello en total
contraste con la situación existente en el resto de la Península y
Europa. La aportación andaluza a los Pueblos en todas las materias antes
citadas fue de un valor extraordinario para el posterior desarrollo de éstos.
Es este un período
donde se práctica en toda Al-Andalus, de forma muy acusada, la estrecha
convivencia e inter-influencia entre los diversos grupos étnicos que
poblaban su territorio, y que podían diferir en aspectos super-estructurales,
como la religión, pero que participaban de una estructura cultural común
de mediterraneidad. Además, la práctica de la solidaridad con otras
etnias y pueblos no mediterráneos es otro dato importante que nos ofrece
la historia. En definitiva es en esta época cuando la sociedad andalusí
conoce su máximo esplendor.
A
la muerte del Omeya Al-Hakan II en el año 976 entra en grave crisis el
Califato andalusí. Las luchas internas por ocupar parcelas de poder es a
partir de entonces toda una constante. Su sucesor, Hixen II, será una
mera marioneta utilizada con astucia por Al-Mansur y sus partidarios. Las
desbordadas ambiciones de éste y su obsesivo fanatismo militarista abocaría
a Al-Andalus a emprender continuas campañas bélicas. Junto a sus acólitos
se adueñó de la autoridad administrativa, iniciando un período de
intransigencia que desencadenaría graves conflictos civiles y afectaría
muy negativamente a la unidad política de las diversas colectividades que
integraban el conjunto social de Al-Andalus. La continuidad del Califato
se hizo inviable.
A partir del 1009
empieza a gestarse una nueva realidad bastante compleja marcada por la
estructuración de Al-Andalus en los denominados reinos de taifas y
posteriormente por los periodos almorávide y almohade; pero
fundamentalmente marcada también y de forma trágica por la constante y
sistemática presión militar ejercida por las fuerzas expansionistas
cristiano-castellanas animadas por el fanatismo religioso y por la
desmedida ambición de adueñarse de las inmensas riquezas de estas
tierras. Todo ello con el paso de los años iría minando poco a poco las
estructuras socioeconómicas y de defensa de Al-Andalus.
Una vez más, la
violencia foránea irrumpiría en estos lugares y truncaría el
protagonismo histórico de sus gentes. De nuevo este País se convertiría
en tierra de colonización. El feudalismo castellano marcaría trágicamente
su futuro.
Con la conquista
armada de Andalucía (en el siglo XIII, la Andalucía del Guadalquivir y a
finales del XV, la Andalucía granadina) por parte de las tropas
cristianas mesetarias y montañesas, los andaluces de la época son
anexionados violentamente y puestos bajo una instituciones políticas, jurídicas
y religiosas extranjeras: las de la Corona de Castilla.
Los de la Cruz y la
Espada impondrían a los habitantes de estas tierras una realidad extraña
a sangre y fuego. Serán siglos marcados por la limpieza étnica y el
genocidio de un pueblo.
La represión fue
feroz. A los miles de muertos caídos en combate, hay que sumarle los que
por no aceptar la derrota y rebelarse son asesinados por la «Santa
Inquisición», no sin antes ser sometidos a crueles tormentos. Otros
cientos de miles de andaluces a lo largo de los años son expulsados del
solar patrio y condenados a vivir en el más triste exilio. Otros muchos
optan por la clandestinidad, optan por ocultarse dentro de la sociedad
enemiga, refugiarse en las profundidades de las sierras o simplemente a
vagar por los campos.
Comienza para Andalucía
un período oscuro donde sus fértiles tierras son repartidas entre los
conquistadores feudales y repobladas por cristianos mesetarios y montañeses,
mientras a la población autóctona se le condena generalmente a la
esclavitud. Se institucionaliza el saqueo y la depredación de todos
nuestros recursos.
El enemigo cambió
hasta el paisaje. Cientos de miles de hectáreas cubiertas de frondosos
bosques
fueron incendiadas para evitar el refugio de los perseguidos. La paranoica
represión de las tropas castellanas provocó un desastre ecológico de
tal magnitud que sus graves consecuencias aún hoy son evidentes.
La agresión
conquistadora de la Corona de Castilla y la subsiguiente dominación
colonizadora tendrán también graves repercusiones para la identidad
específica de los andaluces o andalusies. Se prohibe idioma, religión,
usos y costumbres propios, y se impone el oscurantismo feudal. La historia
y la cultura de los andaluces son sumergidas y desposeidas de bases
institucionales de defensa y códigos particulares de derecho que pudieran
defenderlas.
En definitiva, la
agresión colonizadora practicada contra Andalucía por los Reyes Católicos
y posteriormente por los Austrias tuvo un carácter absoluto e integral.
El proceso de recuperación pretendía no dejar ámbito andaluz alguno sin
anexionar, ya fuese económico, jurídico-político, religioso, simbólico,
territorial, etc.

Pero ese proceso de
asimilación que la Corona castellana intenta imponer a través de ideología
y violencia, va a contar durante más de un siglo y medio con una
continuada resistencia por parte de importantes sectores de andaluces
reacios al sometimiento.
1499-1502.Se dan
sublevaciones en las Alpujarras, Albaicín y Serranía de Ronda al no ser
respetadas por parte castellana las Capitulaciones de Santa Fe. La
resistencia a la política de conversiones forzosas y bautismos en masa
impulsada por Cisneros fue grande. Estas sublevaciones son duramente
reprimidas.
1567-1572. Se dan
sublevaciones en Granada, Málaga y Almería como respuesta al edicto
promulgado en 1567 por Felipe II y por el que se oprimía aún más a los
andaluces. Ante la insoportable situación generada por la ocupación española,
el 24 de diciembre los andaluces granadinos se sublevan y eligen como rey
a Hernando de Córdoba y Válor que decide recuperar su nombre musulman de
Aben Humeya. En 1569, Juan de Austria dirige una feroz represión que
ocasiona miles de muertos y cientos de miles de desplazados a otras zonas
de Andalucía, resto de la Península y norte de África.
1609-1614. Ante el
fracaso de la política castellana de asimilación y por la presión de
los militares que veían peligroso el asentamiento de los andaluces en las
costas mediterráneas dela Península, se producen nuevas deportaciones y
expulsiones en masa decretadas por Felipe III y llevadas a la práctica
por el tristemente famoso duque de Lerma y por Rodrigo Calderón. No
obstante, con posterioridad muchos andaluces, aprovechando determinadas
coyunturas, retornaron por diferentes vías.
1640-1642. La crisis
económica agudizada por la política imperialista de los Austrias va a
provocar en la periferia peninsular se generen tendencias centrífugas. La
política financiera impuesta a los diversos reinos por el cada vez mayor
centralismo castellano desencadenará importantes sublevaciones y
conspiraciones. Portugal consigue su independencia. Los levantamientos
catalán y vasco son sofocados militarmente. En 1641, en Andalucía, la
conspiración dirigida por el duque de Medina Sidonia, el marqués de
Ayamonte y Tair Al-Hor, aprovechando una fuerte agitación social, y que
pretendía convertir a Andalucía en un Estado independiente, es aplastada
por tropas españolas del conde-duque Olivares al servicio del monarca
Felipe IV.
Como vemos la Andalucía
insumisa y rebelde está presente en todo este periodo histórico pero
lamentablemente la resistencia cada vez iría a menos y apenas sería ya
perceptible en los inicios del siglo XVIII.
A principios del
XVIII, con la toma del poder por parte de la monarquía centralista de los
Borbones se da una vuelta de tuerca más en el intento de consolidación
autoritaria de un aparato uniforme (Estado español) que facilitara la
formación de la "nación española" y ello, mediante un salvaje
proceso de uniformización y despersonalización de las diversas
sociedades integradas. Proceso que en sus líneas fundamentales prosigue
hasta nuestros días no acabando de hacer cuajar su artificioso proyecto
de construcción nacional.
Nos encontramos en un
contexto socio-económico marcado por la miseria dela mayoría social
andaluza. Tan evidente y extrema era la situación, que el propio Pablo de
Olavide, a la sazón ministro para asuntos de Andalucía, llegó a
afirmar, al comprobar las ínfimas condiciones de vida y trabajo de los
jornaleros andaluces, que "son los hombres más infelices que yo
conozco en Europa".
A fines del XVIII, el
injusto régimen señorial continuaba en Andalucía en plena vigencia y
plenitud, pese a los tan cacareados proyectos y planes de reforma diseñados
por los gobiernos de la monarquía.
Durante la primera
mitad del XIX empiezan a establecerse en Andalucía, no sin fuertes
resistencias y con grandes deficiencias y limitaciones, las bases económicas
y políticas del liberalismo y del capitalismo, que con el tiempo terminarían
por configurar una situación de relaciones sociales y de producción
tales que propiciarían la germinación de violentas luchas de clases.
Durante todo el siglo, Andalucía se convertiría para el Estado y para la
oligarquía que lo sustentaba en la comunidad más conflictiva y problemática.
En el caso concreto
del campo andaluz, la política gubernamental de desarmortizaciones
canoniza la propiedad privada de la tierra y el latifundismo. Es a partir
de ahora cuando se va a plasmar de forma más fehaciente la Andalucía de
la miseria y marginación de los jornaleros y la de sus permanentes y
radicalizadas luchas por la tierra, y que serán un fuerte marcador de la
identidad andaluza.
A partir de la
segunda mitad del XIX, a Andalucía se le asigna (dentro de la lógica
capitalista de la división territorial del trabajo) la función de
suministradora de materias primas, tanto materiales, humanas como
financieras. La asignación de este papel dependiente, generador de
subdesarrollo y que supuso un golpe mortal al incipiente proceso
industrializador que venía dándose desde hacía algún tiempo en algunas
comarcas andaluzas, es decidida de común acuerdo por la gran burguesía
terrateniente de ámbito andaluz y las demás grandes burguesías del
resto del Estado que pusieron a su servicio conjunto un aparato estatal
capitalista, centralista y represivo.
Durante el siglo XX,
a medida que el capitalismo de obediencia estatal se va fusionando y
supeditando más a los grandes centros del capitalismo mundial, el papel
dependiente asignado a Andalucía se acentúa, quedando los diversos
sectores productivos de nuestra maltrecha economía sometidos al rigor de
los cíclicos procesos de acumulación y reestructuración del sistema del
gran capital multinacional.
Es ésta, la de los
siglos XIX-XX, toda una época marcada por la lucha de clases, por las
luchas y resistencias populares contra los sucesivos ataques provenientes
del Capital, y donde el Ejército , la Guardia Civil y la Policía española
han sido y continúan siendo piezas claves para el desarrollo concreto del
injusto modelo socioeconómico impuesto al Pueblo Trabajador Andaluz.
Los primeros
elementos que anuncian la génesis de la conciencia nacional andaluza se
expresaron y desarrollaron de forma un tanto imprecisa a través de un
serie de movimientos populares y de insurrecciones socio-políticas. 1835,
1857, 1861, 1868, son fechas en las que el Pueblo andaluz se ha organizado
instintivamente en un proceso de resistencia frente al centralismo y
frente a un orden socioeconómico injusto.
En el segundo tercio
del XIX, ciertos sectores dela incipiente pequeña burguesía urbana
andaluza (liberales progresistas) al entender que a través del espacio
institucional vigente su ideario político no tenía posibilidad alguna de
prosperar, deciden manifestar su quehacer político a través de las
denominadas "Juntas Revolucionarias". Este movimiento juntista
intenta forzar una clara ruptura con las estructuras heredadas del régimen
político anterior y para ello están dispuestos a dirigir una fuerte
oposición, incluso armada, contra el gobierno central. En este
movimiento, no exento de grandes y
lógicas contradicciones, se producen un par de fenómenos altamente
significativos. Por un lado, propugnaban que cada provincia andaluza
decidiese su propio autogobierno y por otro, simultáneamente, su
confederación, y todo ello mostrando un claro sentido de la unidad de
Andalucía y de su soberanía.
A partir de la
segunda mitad del XIX, el despertar andaluz se manifiesta bajo una
perspectiva progresista y demócrata que reclama la descentralización y
adopta generalmente el federalismo radical como bandera de sus
reivindicaciones. A partir de 1856 la oposición al gobierno se convierte
en oposición a la corona española y al modelo socioeconómico que
representa. En el verano de 1857 estalla en la provincia de Sevilla
(Utrera, Arahal, Morón, Sierra Sur) una amplia insurrección popular
comandada por Caro y con una notable presencia de jóvenes artesanos y
estudiantes, así como de jornaleros. Se ocupan fincas, se quema el
cuartel de la Guardia Civil de Utrera y se destruyen registros de la
propiedad. Las autoridades civiles y militares desatarían una sangrienta
y cruel represión. Hubo más de cien muertos y alrededor de trescientos
presos.
En el verano de 1861
se vuelven a reproducir las sublevaciones de caracter socio-político en
tierras andaluzas. El 29 de Junio seis mil campesinos armados comandados
por Pérez del Álamo, en claro desafío al poder establecido ocupan
durante una semana el pueblo de Loja hasta que son dispersados por fuerzas
militares del general Serrano. La insurrección se había iniciado en
Mollina. En Iznajar los alzados ocuparon el cuartel del la Guardia Civil.
Estos acontecimientos, que tuvieron gran resonancia en toda Andalucía,
acentuaron el descrédito y desprestigio dela monarquía española y de
sus gobiernos.
El 4 de Diciembre de
1868, en Cádiz, como respuesta a la frustración provocada por la
"revolución burguesa" de septiembre, y en reivindicación de
justicia social y mayores libertades, se inicia la denominada
"Insurrección de las Barricadas" impulsada por el movimiento
republicano-federalista radical. Posteriormente se extiende por Puerto de
Santa María, Jerez, Sevilla, Málaga... Las acciones del movimiento
insurreccional andaluz continuarán prácticamente durante todo el 1869 y
abarcando casi toda Andalucía. La situación extrema que padecen las
clases populares hacen que sus luchas también sean extremas: partidas
armadas, ocupación de pueblos y fincas, contribuciones de guerra,
requisas, sabotajes, etc.. Y una vez más la represión. El poder central
español como respuesta a las ansias de libertad del Pueblo Andaluz
desencadenaría una genocida represión que ocasionó alrededor de tres
mil muertos y miles de represaliados.
El "nacionalismo
histórico" en Andalucía tiene su primer antecedente en el
movimiento republicano-federalista andaluz. En 1873, en una época marcada
por fuertes tensiones sociales, se da la primera manifestación política
incipientemente nacionalista en Andalucía. Es la conocida como Revolución
Cantonalista.
El 19 de Julio de
1873 se iniciaba en territorio andaluz una amplia insurrección
cantonalista dirigida por el movimiento republicano federalista radical.
Este movimiento se oponía al estado centralista, ya tuviese éste forma
de monarquía o república, cuestionaba las teorías del Estado federal
unitario de Pi y Margall y propugnaba la inmediata formación de estados
confederados así como reformas sociales de carácter progresista. Y como
forma de presionar al gobierno central se sublevan con ámplio respaldo
popular en ciudades y pueblos proclamando cantones autónomos y
autogestionarios federados en un ente soberano andaluz. El 21 de Julio
proclaman en un manifiesto que "...en Despeñaperros, histórico e
inexpugnable baluarte de la libertad, se levantó ayer la bandera de
independencia del Estado andaluz. Interin se constituyen los cantones del
Estado andaluz..." A primeros de Agosto la insurrección era sofocada
por las tropas del general Pavía.
Pero es diez años más
tarde cuando el movimiento republicano-federalista andaluz, ya muy en
declive, alcanza una expresión más claramente nacionalista. En 1883 se
celebraba en Antequera una asamblea del Partido Republicano Demócrata
Federal donde Carlos Saornill, diputado por Alora, presentaba un proyecto
de constitución federal de los cantones andaluces que implicaba un nuevo
marco de relaciones Andalucía- Estado español. Un texto que en realidad
era la plasmación teórica de medio siglo de lucha andaluza contra la
monarquía, el centralismo y el colonialismo con que se oprimía a Andalucía.
En muchos aspectos la formulación aprobada en la Asamblea de Antequera,
impregnada del espíritu dela Revolución Cantonalista, y donde se
expresaba la soberanía del Pueblo Andaluz y se trasluce la afirmación
política de Andalucía como nación, es mucho más avanzada que las
proclamadas posteriormente en los diversos textos autonomistas, incluido
el que actualmente articula nuestras relaciones con el Estado español.
De forma paralela al
movimiento político, surgió una corriente de promoción e investigación
de las diversas manifestaciones propias del Pueblo Andaluz y que realizará
los primeros análisis y definiciones científicas de la identidad étnico-cultural
andaluza. A esa corriente investigadora están adscritos intelectuales
como Antonio Machado y Nuñez, historiador e impulsor de la Revista
Mensual (1869) y de la Sociedad de Antropología (1871); Antonio Machado y
Alvarez "Demófilo", fundador de la sociedad El Folkore Andaluz
(1881); Manuel Salas y Ferré, historiador y antropólogo, impulsor del
Ateneo y Sociedad de Excursiones de Sevilla (1886); y Alejandro Guichot
entre otros.
Lamentablemente, y
pese a la importante actividad desarrollada durante algunas décadas por
los movimientos político y cultural anteriormente citados, estos
languidecieron ya a puertas del siglo XX y Andalucía, en palabras del
antropólogo Isidoro Moreno, "no pudo acabar de traducir a términos
políticos su propia y especifica identidad objetiva y ni siquiera ésta
quedó explícita en la conciencia de la gran mayoría de los
andaluces". Muy diversos y complejos son los factores que incidieron
en todo ello.
Por un lado ambos
movimientos prácticamente no llegaron a conectar entre si. Aunque la base
social del movimiento político coincidía con los sectores sociales a los
que pertencecían los intelectuales progresistas, estos últimos tenían
unos posicionamientos políticos contradictorios y poco orientados a las
reivindicaciones andaluzas de autogobierno, ya que estaban muy influidos
por el idealismo Krausista y otras corrientes ideológicas del liberalismo
que defendían las teorías del Estado-nación.
Por otro lado, la
base social del anteriormente potente movimiento republicano-federalista
era fundamentalmente la pequeña burguesía urbana, muy minoritaria y con
muy poco peso específico, por lo que este movimiento político poco a
poco se fue desgastando y ya para 1883 ejercía muy poca influencia en el
conjunto de la sociedad andaluza. El respaldo recibido antaño de los
sectores más combativos del movimiento obrero fue desapareciendo
paulatinamente. El proletariado se concentró en las luchas sociales
inmediatas más apremiantes y empezó a estar cada vez más permeabilizado
por las ideologías anarquistas y socialistas poco amigas de
reivindicaciones nacionalistas.
A su vez, otro factor
de suma importancia que incidió en este proceso de desgaste fue la fuerte
hostilidad mostrada contra estos movimientos por la gran burguesía de ámbito
andaluz, dado que ésta asumía a nivel ideológico, para defensa de sus
privilegios e intereses económicos, las bases más reaccionarias del
nacionalismo estatalista español.
En definitiva, muy
difícil por tanto que pudiera cristalizar un movimiento nacionalista
andaluz en unas coordenadas donde los diversos elementos nacionales (políticos,
culturales y sociales) caminaban paralelos, sin apenas puntos de
intersección, sin apenas conexión directa alguna. Las estructuras
opresoras del poder establecido se encargarían del resto.
No obstante, y a
apesar de esos obstáculos, la primera toma de conciencia de la existencia
de Andalucía como nación, aunque de forma minoritaria, se había
producido ya. Se había colocado el primer escalón en el proceso de
desarrollo de la conciencia nacional andaluza.
A partir de 1910
aparece en escena un nuevo movimiento político-cultural andaluz, que no
llegaría a constituirse en organización política, de carácter
progresista pero ambiguo y contradictorio, liderado entre otros por Blas
Infante y que a través de los Centros andaluces se encargará de difundir
su ideario andalucista.
Sólo en una ocasión,
en la Asamblea de Córdoba en 1919, coincidiendo con la radicalización de
las luchas sociales del denominado "trienio bolchevique
andaluz", el movimiento andalucista se define sin ambigüedades ni
incoherencias como netamente nacionalista y de izquierdas. Pero nuevamente
el enemigo entra en acción. La represión de la dictadura primo-riverista
provoca que se reproduzcan las contradicciones ideológicas y políticas
en el seno del andalucismo militante.
Con el advenimiento
de la II República tomó nuevamente relativo dinamismo el movimiento
andalucista y en 1931, en la presentación de su candidatura a las
elecciones , proclama la necesidad de establecer una República Andaluza o
Estado Libre de Andalucía, lo que provocó duras e irracionales
reacciones por parte del poder y de los sectores más ultras del
nacionalismo estatalista español.
A
partir de ahí, los Centros Andaluces se convierten en Juntas Liberalistas
que centrarán su actividad principalmente en la política autonomista y
en la Reforma Agraria.
El levantamiento
militar fascista español de Julio de 1936 acaba con todas las
aspiraciones reformistas del movimiento andalucista y con la vida de su
principal impulsor. Blas Infante es asesinado en la madrugada del 10 al 11
de Agosto d ese mismo año en Sevilla. Otros muchos militantes
andalucistas corrieron la misma suerte. Otros, como Emilio Lemos Ortega,
tuvieron que exilarse. La intransigencia y la brutalidad inquisitorial del
nacionalismo estatalista español, al más puro estilo de los Reyes Católicos,
impone la "sagrada unidad de España" a sangre y fuego.
Los poderes fácticos
del Estado deciden en 1936 promover un levantamiento militar de carácter
fascista al ver peligrar su modelo de Estado unitario y centralista así
como sus privilegios e intereses económicos. Con la dictadura franquista
se impone el terror generalizado. Andalucía quedará estigmatizada por la
represión y la miseria.
El más rígido
oscurantismo invadió los centros de enseñanza y la concepción de la
filosofía, la historia o la literatura fue distorsionada y nuestra
cultura sometida a un duro proceso de adulteración y alienación.
Una vez agotada políticamente
la vía del régimen franquista los poderes fácticos del Estado apuestan,
de forma maquiavélica, por la opción seudo-democrática de la monarquía
constitucional, que imponen una vez muerto el dictador, y que les permite
perpetuar sus estructuras de poder. Una perfeccionada red militar
coercitiva así como una moderna política de intoxicación ideológica
les facilita ese proceso. Proceso que cuenta además con el apoyo cómplice
de la mayor parte de los
partidos políticos regionalistas y estatales, así como por organismos
sociales afines.
El
Estado opresor español, obsesionado en el intento de consolidación de su
engendro de "nación española", se caracteriza, tanto en el
franquismo como en la monarquía juancarlista, por el ataque minucioso y
sistemático contra el carácter nacional del Pueblo Andaluz. Pero a pesar
de las agresiones, no logra acabar con la identidad andaluza. Ya a finales
de los 60, nuestro Pueblo empieza, de forma generalizada, a tomar
conciencia de ella, y ese proceso es rubricado con las impresionantes y
multitudinarias manifestaciones del 4 de Diciembre de 1977 en lo que vendría
a ser, como una expresión de reafirmación nacional, el primer día
nacional de Andalucía.
A partir de ese
momento, el denominado "nuevo nacionalismo" se convierte para
los sectores más concienciados del Pueblo Andaluz en imprescindible
instrumento de liberación. Dentro de ese contexto surge NACIÓN ANDALUZA,
que se marca como objetivos conseguir el Derecho de Autodeterminación y
la Independencia para Andalucía así como un modelo social y económico
radicalmente nuevo y distinto al capitalista.
|